El progreso tecnológico ha traído un sinfín de ventajas a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Actualmente ya no somos capaces de desarrollar nuestro día a día sin tener a mano algún tipo de dispositivo que nos facilite la vida. Pero ¿a dónde va a parar toda esa tecnología obsoleta? Es lo que se conoce como basura tecnológica, digital ó virtual.
 
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) en un informe de la Global E-Waste Monitor emitido en el año 2020 concluyó que los residuos electrónicos habían crecido un 21% en los cinco años previos al informe; lo que en cifras absolutas venía a ser unos 53,6 millones de toneladas métricas, ¡suficiente para cubrir completamente el barrio neoyorkino de Manhattan!
 
Desde entonces el problema no ha parado de crecer, el confinamiento ha incrementado el uso de dispositivos digitales, pero estos siguen teniendo las mismas fechas de caducidad, es decir, muchos de ellos se ven limitados por la obsolescencia programada, lo cual, unido a nuestra insaciable necesidad de estar a la última ha provocado que la situación esté muy lejos de ser sostenible debido además, a que menos del 20% de todo lo que abandonamos o tiramos acaba siendo reciclado para que no dañe el medioambiente y pueda volver a aprovecharse.
 
Todos los años producimos suficiente basura electrónica como para inundar Manhattan, toda ella repleta terabytes de información y millones de fotos, documentos y claves. Hay varias razones más que podíamos añadir a esta situación que vivimos actualmente, desde la diversidad de materiales con los que se construyen los dispositivos electrónicos, hasta el poco impacto mediático que se le da al problema, el cual siempre queda relegado a las prioridades secundarias.
 
Otros factores de dicha problemática, como ya hemos mencionado, serían el corto ciclo de vida que tienen los dispositivos y la dificultad de encontrar un servicio de mantenimiento o reparación, recordemos por ejemplo, que fue tan solo a finales del año pasado cuando Apple emitió un comunicado donde por fin aceptaba el derecho a reparar sus productos ofreciendo piezas de recambio originales y un manual de instrucciones para realizar las tareas en nuestros hogares.
 
Como consecuencia de todos estos factores todos los años desechamos miles de millones de ordenadores, teléfonos inteligentes, tablets, smartwatches y otros dispositivos electrónicos, al mismo tiempo que cada persona en su domicilio almacena unos 3 dispositivos obsoletos que ya no usa. Todos ellos, casi siempre ¡repletos de información!
 
Para las personas más conscientes del problema existe otra opción cuando adquieren un nuevo dispositivo y es la de donar de forma desinteresada, el que ya no van a utilizar. Es sin duda una opción muy loable pero que sin ser conscientes, en muchas ocasiones, puede tener consecuencias muy negativas para la privacidad del donante que de buena fe quiere contribuir a la sostenibilidad.
 
En un mundo donde rechazar las famosas cookies al entrar en un portal web o la implantación del nuevo Reglamentos de Protección de Datos está a la orden del día para proteger nuestra privacidad e intimidad, sin embargo, existen otro tipo de situaciones donde por dejadez o por simple desconocimiento ¡facilitamos todo tipo de información de gran relevancia personal y de nuestro círculo cercano!; desde nuestro restaurantes favoritos hasta nuestras afinidades políticas, pasando por todo tipo de opiniones sobre cualquier campo y cualquier persona con la que interaccionamos en las redes sociales.
 
No solo la mala fe de algunas empresas, países o delincuentes, con sus temibles tácticas delictivas se entrometen en nuestras vidas, deberíamos ser conscientes que la hiperconectividad diaria a la que estamos sometidos puede volverse en nuestra contra en cualquier momento por nuestro comportamiento despreocupado ante la basura digital!
 
Hay más de una respuesta correcta a la pregunta de si hacemos lo suficiente para conservar en la medida de lo posible nuestra privacidad. Una de ellas es la de controlar la información que “regalamos” a cada app en todo momento, siendo más cautelosos y realizando un repaso de las imágenes y vídeos compartidos de cara a un posterior borrado una vez hayan cumplido su función entre nuestro círculo de allegados.
 
Deberíamos entender que borrar contenido antiguo de nuestras redes sociales no significaría desprenderse de las fotos de esa nueva piscina que hemos instalado en el jardín o el viaje a la boda de nuestro amigo en Galicia, ya que se podrían almacenar en una memoria física de fácil acceso sin necesidad de mantenerlo en Internet. Otra de las opciones sería disponer de aplicaciones que nos ayuden a dicho borrado cada cierto tiempo, activando las alertas que consideráramos en este sentido. Y por último, hacer uso de herramientas de borrado total y seguro antes de entregar dichos aparatos en una tienda a no se sabe quién al comprar uno nuevo. Es muy importante borrar a fondo toda nuestra información del interior de un dispositivo antes de donarlo, tirarlo o incluso guardarlo en un cajón. 
 
De la misma forma, a nivel profesional extenderíamos la misma recomendación. La migración al teletrabajo de muchos empleos, más aún desde el COVID, habría conllevado que muchas personas intercalen su vida laboral y personal en un mismo aparato electrónico, con lo que el riesgo se multiplica por dos. Aspectos como la sincronización entre dispositivos, que una misma persona pueda acceder a herramientas como el correo electrónico o las diferentes cuentas de RRSS que usa en su navegador, acentúan este tipo de riesgos.
 
Por tanto, resulta imprescindible ser conscientes que estamos generando no solo un problema de sostenibilidad inmenso con toda esa basura digital si no también una base de datos de información comprometida de dimensiones incalculables.

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[Este contenido procede de Gestores de residuos]